domingo, 31 de diciembre de 2017
domingo, 24 de diciembre de 2017
Futuro naranja
El año 2008 fue un año muy especial. No sólo porque representó la llegada a España de la terrible crisis que se había desatado en EEUU el año anterior. También fue el año en el que, por primera vez en la historia de la humanidad, la población que habita en ciudades superó a la que vive en el medio rural. Cientos de miles de años de vida en el campo terminaron ese mismo año, respondiendo a una tendencia imparable de crecimiento urbano y despoblación rural.
El mundo al que vamos es un mundo de ciudades. Las ciudades son el motor económico y social de los países, el lugar del desarrollo y de la innovación, del cruce social y del arribo migratorio.
Las grandes ciudades, en tanto punta de lanza de la globalización, se convierten así en el cementerio de los nacionalismos y se imponen incluso a las identidades de los estados-nación de las que surgen. La nostalgia identitaria, el vestigio de un pasado con predominio rural, es incompatible con el medio multicultural de las ciudades y sencillamente se disuelve cuando entra en contacto con ellas.
El mapa de la distribución geográfica del voto en las autonómicas catalanas no puede ser más elocuente. Refleja el proceso de transformación que no solo vive Cataluña en particular sino el mundo en general como consecuencia de este proceso combinado de globalización y urbanización. El voto independentista tiene su bastión en las entrañas rurales, mientras el voto constitucionalista es un voto claramente urbano. Increiblemente, estas elecciones no han girado en torno al eje habitual de izquierdas-derechas, sino que han planteado una confrontación en toda regla de tradición contra modernidad, de nostalgias pueblerinas que se resisten a disolverse en la isonomía integradora de las grandes ciudades.
Lo grandioso, lo notable, lo esperanzador, es que ese voto por la modernidad y el progreso, ha encontrado finalmente su cauce, y ese cauce se llama Ciudadanos. Los resultados de Cataluña anticipan un proceso imparable de renovación y reforma a nivel nacional del bipartidismo tradicional, representando un severo correctivo para con el PP y el PSOE, al tiempo que indica también el principio del fin de la fantasía populista de Podemos, que avanza hacia una progresiva irrelevancia.
Ciudadanos, con su programa liberal-progresista de emulación de los modelos escandinavos y del norte de Europa, replica en España lo acontecido en Francia con Macrón, representando el renacimiento de un proyecto europeista tras la superación de la crisis.
Lamentablemente Cataluña tendrá que sufrir aún algunos años más de turbulencia y frustración, pero será sólo circunstancial. El gran cambio se está conformando, es imparable, e implicará la reforma integral de este país en una suerte de segunda transición que logrará nuestra equiparación con los países más avanzados de la región y una revisión inteligente y justa del régimen de autonomías.
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