Para mí, fue la segunda vez que las visitaba en mi vida. La primera vez fue cuando tenía 12 años, a modo de viaje de fin de curso de la escuela primaria. Lo único que recuerdo de aquel viaje son dos cosas. Por un lado, la cámara de fotos Kodak que llevé. Solo saqué un rollo, pero recuerdo bien las fotos, que mire y remiré muchas veces en mi vida. Siempre me habían parecido amarillentas, como viejas y descoloridas, pero ahora comprobé que el agua mezclada con la tierra roja tiene ese color y que no solo se trataba del paso del tiempo.
Mi segundo recuerdo es que nos llevaron a Foz de Iguazú, del lado brasilero, y allí los profesores nos dieron una hora para pasear solos por la ciudad y comprar regalos para la familia. Caminar solo con algún compañero por las calles de otro país era una experiencia que me quedó grabada. Y solo teníamos 12 años.
En esta ocasión, casi 40 años después de aquella visita, las cataratas me parecieron imponentes. Las recorrimos del lado argentino, y luego del brasilero, esquivando coatíes y cruzándonos con turistas de todo el mundo.
Me gusta pensar mucho en ese río inmenso que siempre fluye, alimentado por la selva mas majestuosa de la tierra. Un proceso permanente, de siglos y más siglos. Lo ví con 12 años, y ahora otra vez con casi 50 junto con mis hijas, de 14 y 12 años. Quizás cuando ellas cumplan 50 vuelvan a visitarlas con sus hijos, y ellos saquen nuevas fotos, menos amarillentas.
Por cierto, no puedo dejar de hacer una disgresión final: creo que las cataratas son el santuario de la fuerza opresora que da nombre a este blog, su máximo y más elocuente monumento. Vamos a contemplar el agua eterna que cae como quien va al templo a arrodillarse ante su dios. Curiosamente no existió en la antigüedad clásica la diosa Gravedad, pero creo que merece la pena proponerla ahora. El santuario ya lo tenemos!
Abrazo a tod@s,
Jorge

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